relatos

Megalomanía, complejo de superioridad, proxenetismo moral y otros delirios.

Entonces grité a esa puta negra de mierda que entrara –soltó de golpe Europa. Un nombre bastante acertado ya que se dedicaba al comercio más puro. Prostitutas sin papeles, drogas y la violencia más asquerosa que podáis dilucidar es lo que ella disfrutaba repartiendo entre las ratas de la hedionda cloaca que era esa zona de la ciudad.-. La pobre imbécil entro con ojos de corderito, cómo si así se fuese a librar. – una carcajada irrumpió en esa boca que olía a una mezcla de tabaco rancio y alcohol de garrafón. Me miró con la cara desencajada. Mi cerebro no estaba tan seco como para no darse cuenta de que esa mirada me dejaba menos de un segundo para reírme con toda la fuerza que pudiera si quería mantener mis pelotas entre las piernas. Lo hice.-Cada día estás más estúpido…- me escupió en las botas y prosiguió- Se planta dentro y como si no fuera suficientemente asqueroso ese olor a coño sudado va y hace el amago de sentarse en la silla. Lo iba a dejar todo perdido, esas guarras ni se escurren después de cada polvo. Entonces me ve, ve que la estoy mirando y que mi mirada le dice, eres una cerda y no quiero que toques mi silla, si la tocas estás más jodida de lo que ya estabas. Tengo esa mirada, esa mirada que las pone en su sitio, que las hace ver que son mías. La idiota no se atreve ni a moverse, si no les racionara el agua se habría meado la muy guarra – esta vez casi le da una arcada en medio de esa risa de esquizofrénica, y casi me la da a mí al ver esos dientes mimetizados con el amarillo de su piel cirrótica- disfruto al verla ahí medio encorvada y sudando por intentar aguantar la postura– La muy desequilibrada se lleva el cigarrillo a la boca y da una calada profunda, saboreando el momento, entrecerrando la boca y relajando la cara todo lo que le permite el cuelgue que lleva.- Hay que saber disfrutar de la vida ¿sabes? De esos momentos que la hacen gloriosa. Bah, pero qué coño sabrás tú. Ahí sigue la zorra intentando no moverse, un esfuerzo lógico, al fin y al cabo todas esas guarras  tienden a ponerse de rodillas. Me respaldo en el butacón, abro el cajón del escritorio y me meto tres seguidas. Qué momento Dios mío. Ella allí a punto de desmayarse, yo casi igual del colocón que llevo. La podría haber palmado allí mismo y la puta esa no se habría atrevido a moverse. La podría haber palmado…- durante un instante sus ojos salen de órbita y la mandíbula le cuelga en un ángulo extraño, pero entonces comienza a reír como una hiena otra vez- Pero soy una persona con sentido común, tú lo sabes. Le ofrezco asiento y ella planta ese culo que huele a mierda. La dejo sentarse pese a que tendré que quemar la silla después, qué puto olor, peor que tu boca –esa risa de mierda otra vez, ella sí que apesta como un carro de estiércol-. Me levanto y voy tras ella, pongo mis manos en sus hombros, ahora sí que tiembla, y le pregunto ¿intentaste irte? No contesta, odio que me no me respondan. Le clavo las uñas –la roña de esas uñas de porcelana podría originar un nuevo brote de peste negra…- y la zorra comienza a sollozar. Me armo de paciencia y le vuelvo a preguntar – da un trago a la copa, parece cabreada de verdad- ¿querías escapar? La puta asquerosa suelta un gemido y casi se ahoga con sus propias babas, mocos y lágrimas al responder. No me gusta que me jodan, nunca me ha gustado, yo jodo, los demás son los jodidos. La cojo del pelo y la estampo contra el suelo, la pateo en la boca con el tacón. La muy cerda se pone a sangrar sobre mi alfombra. Intento razonar con ella ¿Quién te ha dado una oportunidad eh zorra de mierda? Le digo mientras le piso la cabeza. Por fin parece que dice algo ¡No te oigo puta sucia! La tía contesta entre borbotones de sangre. ¡Más fuerte basura! Por fin oigo un “tú” decente y prolongado en un gemido. Le levanto el pie de la cabeza y le pateo la barriga. – ahora viene el típico chiste…- Nunca va mal prevenir un embarazo no deseado- se ríe, como si no las vaciaran por dentro a todas antes de ponerlas a hacer la calle-. Me voy a sentar y entonces me pasa algo por la cabeza, hay veces que me siento así. En el fondo soy una buena persona. Me da por hacerle un regalo. ¿Te gusta la silla? La asquerosa, que se está levantando a tumbos, ni responde. Pero estoy de buen humor. Te gusta la silla ¿no? ¿La quieres verdad? “no mi señora”, suena como si fuera a cagarse encima, casi lo habría agradecido, seguro que olería mejor así –se ríe de su propio chiste- ¿Cómo? Antes me pareció que sí la querías. ¿Insinúas que estoy equivocada? “yo solo…” Le doy un puntapié en el coño – emula el movimiento pateando una botella del suelo que sale despedida y se estrella contra la pared haciéndose añicos-. ¿La quieres? “Sí…” Lo sabía, soy generosa ¿sabes? Cojo la silla, la levanto y le digo que la coja. La perra se acerca y al cogerla va y me roza una mano. La muy guarra me toca. No iba a hacerle nada más pero hay que saber meterlas en cintura o se te suben a la chepa. La empujo con la silla y se la parto contra la cabeza. Ahora sí que sangra como un cochino. ¡Vete de aquí! Antes de que te desmayes pedazo de guarra. Y no olvides que me lo debes todo a mí. Sin mí estás muerta zorra. La pateo contra la puerta y atraviesa el vidrio. ¡Y esa puerta la pagarás con tu sueldo puta! – Cuando para de reír apura la copa y me mira-. ¿Cómo se llamaba ella? – le pregunto-. Qué más da, negra, negrata… o África –rompe a reír otra vez con su penoso chiste, como no la sigo me mira, otra vez esa mirada, empiezo a reír con ella-.

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