relatos

Sopa caliente

De repente piso un charco y me empapo los zapatos. Por quedarme a hacer más horas que un reloj, ha llovido y ahora tengo que volver así a casa. Tengo los pies como un caldo, y seguro que si escurriera los calcetines esa agua embarrada estaba mejor que la sopa de mi mujer. Siempre la misma cena, día tras día vuelvo de currar 12 horas casi sin descansos y me encuentro con lo mismo. -¿Qué hay para cenar? -pregunto al llegar-. Nadie me contesta, de respuesta un plato de sopa con un currusco de pan en el mármol de la cocina. Mi mujer me tiene más abandonado que esta parada de autobús… Y ahora no pasa ninguno. -¡Me cago en la puta! –escupo al suelo y me doy en un zapato-. Zapatos, no tengo ni para otro par porque me lo dejo todo en el instituto de mi hija, eso sí, ella ni hola ni adiós. Entra directa al ordenador y allí se pasa lo menos 5 horas. Y ahí viene el L5, el que te deja en el centro. Cerca de aquel local… ¡A tomar por culo! Hago una señal para que pare el bus y subo. –Pelanduscas, a mí. – murmuro-. -¿Qué dice señor? –pregunta una vieja que está sentada al lado-. –Nada, nada, decía que… Nada, disculpe. –le respondo-. De luto, mucho lo sentirá sí, su marido se habrá pasado la vida trabajando y ella en casa para que ahora esté chupando de la pensión de viudedad. Manda cojones… Hoy es mi día, por una vez tampoco pasa nada. Si mi mujer me prestara un poco de atención no haría falta. Que no he de sentirme culpable, mira Pedro, va casi cada semana y tan feliz en casa. Solo busco lo que no consigo ahí, relajarme y relajar el ambiente. Si lo hago por ellas. Por ellas y por mí sobretodo, claro. Pero es que trabajo 12 horas cada día, me lo merezco. Uf, qué calores, ya llegamos.

Camino dos calles y ahí estoy. Entro. Aquí sí que hace calor. Me estoy poniendo nervioso. Una chica me mira. Sus labios se arquean en una sonrisa, entreabiertos, mostrándome la entrada al pecado, deseándome, bueno, a mi cartera, como mi mujer, pero esta al menos follará. Llevo 10 segundos parado y cada vez se gira más gente, el corazón me late deprisa y tengo las manos frías y la boca reseca, se me nubla un poco la vista. Hace mucho calor. –Le pongo algo. –No es una pregunta, es una afirmación-. Las palabras se me atascan pero consigo responder –U… un un JB… con cola. – Digo casi sin que se me escuche-. Tomo asiento, estoy empapado. -15€, señor.- Dice el camarero mientras posa el vaso en la barra-. Me lo bebo de golpe y le digo que me sirva otro y cobre dos. Noto como el alcohol me invade y me hace flotar. No estoy acostumbrado a beber, pero ni eso es suficiente como para tapar lo que está a punto de desbordar en mi mente. No puedo hacerlo. ¿Qué pensaría mi preciosa niña si me viera ahora mismo? ¿Cómo me miraría? Y Toñi… ¿Cómo te has atrevido a hacerlo? diría… O quizás tendría una excusa para pedirme el divorcio y quedárselo todo. Y ya no tendría por qué aguantar esa sopa rancia, ni ser solo una hucha en mi casa. Y esa preciosidad sigue lanzándome miradas lascivas. Que sí, que ni se van a enterar, que con todo lo que aguanto me toca darme el gustazo. Menuda chica, no debe ni llegar a los 20…

Me levanto y me dirijo hacia ella. –Otra vez sopa, cariño… -ni me mira, sigue absorta con la televisión-. –Me encanta, que llegue a la hora que llegue siempre esté caliente. –no me mira, pero medio sonríe y dice- Díselo a tu hija, que es ella la que la pone en el microondas cuando llamas al timbre de abajo.

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